La mayoría de la gente que suspende tiende a echarle la culpa al profesor o a la profesora. Pues bien, habremos entonces de buscar algún método infalible para enseñar y que así la culpa no vuelva a ser de quien enseña, y, por lo tanto, nadie suspenda -si de verdad el fallo es de otros-.
Para buscar la manera más eficaz, nos basaremos en los distintos factores que afectan al aprendizaje. Comenzaremos tratando el conductismo: obtener una recompensa por hacer algo bien, en este caso, sacar buenas notas por estudiar. Empecemos.
Puesto que siempre la última recompensa ha sido aprobar y/o sacar buena nota y, en cambio, la gente sigue suspendiendo, deberíamos haber sospechado desde hace tiempo que esa no es motivación suficiente para muchas de las personas. Que lo debería ser. Pero no lo es. Y aquí estamos para que aprueben todos, así que a buscar más técnicas y más premios que saquen adelante a esta sociedad. Por lo tanto, si aprobar no es la recompensa, ¿qué lo es? Antes de llegar a ninguna conclusión, desengañaos, a la mayoría ya no nos mueve eso de "venga, ¡a quien salga le pongo un positivo!". Ya no hay gritos de euforia, si es lo que esperabais. Y no funciona porque es voluntario, porque nos volvemos cada vez más sedentarios y conformistas. Y si no funciona por ser voluntario, habrá que hacer algo que sea obligatorio. Y aquí encontramos los negativos y las notas de clase. No tendrían por qué ser diarios, claro, a ver quién aguanta preguntar a treinta y pico alumnos salvajes día sí, día también. Por el contrario, esto sí condiciona a tener todavía peor nota si no se hace lo mandado. ¿Y por qué habría de funcionar esto y no el hecho de suspender la asignatura directamente? Quién sabe, el caso es que funciona. Quizá decir en alto que se ha hecho algo mal intimide más.
Otra recompensa que no funciona es ceder ante los alumnos. Si cedéis una vez, ¿por qué no vais a ceder otras treinta? Y eso nosotros lo sabemos. Y eso vosotros lo sabéis. Y, si cedéis, está claro que no vamos a llegar a ninguna parte. Pero cuidado, que esto no es el ejército, y gritar nos alienta todavía menos. Para ello deberíamos buscar un punto medio, y aquí entra la imitación. Si se realiza una clase amena -que no cede ante ningún alumno- y se consigue una forma de enganchar a la clase, todo el mundo acabará interesado sin ningún motivo para intentar cortar la lección. ¿Y cómo se engancha a la clase?, os preguntaréis. No es tarea fácil, primer aviso. Segundo aviso, si veis demasiadas caras de tedio entre la multitud, habría que replantearse cambiar el método. Seguidamente, no se ha de agobiar o avasallar a los alumnos con preguntas, dudas, ejercicios, temario, más preguntas, más dudas, más ejercicios, más temario y más dudas que serán demasiadas como para seguir intentando buscarles respuesta. Y, finalmente, habrá que dar clase, que ha habido demasiados casos en los que el profesor o la profesora se ha ido por ramas que nada tenían que ver.
Para finalizar, siguiendo el método constructivo, la mejor forma de recordar lo que se da en clase sería a través de una forma significativa, es decir, explicando cada tema relacionándolo con algo con lo que estemos más familiarizados, ya que supongo que a nadie le gusta que le cuenten todo lo que ha de saber de seguido, que tenga que apuntarlo todo a la vez que explican eso y más, y luego como añadido tener que aprendérselo teniendo como único recuerdo lo monótono que fue ese día -que sí, que a clase no se va a montar fiestas, pero tened un poco de piedad-.
En conclusión, necesitamos una clase amena que, indirectamente, nos obligue a hacer nuestro trabajo y que, de alguna forma u otra, relacionemos con otras cosas que consigan que enganchemos más fácilmente lo que se ha enseñado.
Sea como fuere, todos sabemos que, si la gente no tiene ganas de por sí de aprender, nadie les hará cambiar de opinión. Por consiguiente, a lo mejor todo esto no sirve para mucho. Pero bueno, yo, por si acaso, lo intento.
sábado, 8 de febrero de 2014
lunes, 18 de noviembre de 2013
FELICIDAD II: EL RETORNO (a lo Batman)
De nuevo, se ha de reflexionar sobre la felicidad. Recordemos las conclusiones del artículo anterior: no hay una felicidad predeterminada para todos, nuestra felicidad no depende sólo de nosotros mismos, sino también del entorno que nos rodea, y la felicidad perfecta resulta inexistente. En cambio, ahora trataremos la felicidad como algo abstracto (tal y como es, basada sólo en el pensamiento y no en cualquier elemento material) y -supuestamente- alcanzable.
"¿Es preferente el pensamiento racional o el pensamiento mítico? ¿Qué me hará más feliz? ¿Sólo uno de ellos podrá hacerme feliz o quizá ambos me aporten cosas diferentes con las que conseguir aumentar mi felicidad? ¿Y si, por el contrario, ninguno de los dos me hace feliz? ¿Seré más feliz si reflexiono o reflexionaré mejor siendo más feliz?" Éstas son las cuestiones propuestas que he de plantear y hemos de reflexionar. Comencemos, pues.
Ambos pensamientos pretenden que consigamos comprender el mundo: qué ocurre y por qué se dan esos hechos. En cambio, lo pretenden de formas un tanto diferentes; mientras que el pensamiento mítico explica basándose en un mundo trascendental y no usa razonamiento alguno, el pensamiento racional explica de forma argumentada el mundo inmanente con hechos que se dan en este mismo mundo. A mi parecer -y, por lo tanto, sin afirmar que sea cierto-, con los dos pensamientos podemos llegar a ser felices, puesto que, si el problema que nos carcomía (el comprender la realidad) se ha solucionado de cualquiera de las dos formas, podremos estar en paz. Supongo que todos pensáis que lo más lógico es vivir del pensamiento racional, que es lo que nos puede hacer más felices, ya que es la manera más razonable de entender las cosas; por el contrario, imaginaos que todo lo que nos cuentan, en realidad -y viva la redundancia-, es mentira. ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué pasaría si, ciertamente, todo lo que sabemos es sólo algo (cuentos únicamente un poco más enrevesados que las historias trascendentales) que nos han inculcado para intentar comprender una realidad incomprensible? No podemos asegurar que el raciocinio sea más válido porque, al igual que pensamos que los mitos son un sinsentido, aquéllos que creen en mitos pueden pensar lo mismo de la razón. Por lo tanto, ambos pensamientos te pueden ayudar a ser feliz siempre y cuando te faciliten la comprensión del mundo.
(Nota: no, no pienso que nos estén engañando, tan sólo me procuraba apoyar en la ejemplificación. Yo también confío en el pensamiento racional.)
Finalmente, nos hemos de cuestionar si la reflexión nos lleva a algún lado. Podría afirmar que todos reflexionamos alguna que otra vez en la vida, ya sea sobre temas banales o temas totalmente complejos sobre los que no delibera todo el mundo. Es decir, seas feliz o no, vas a reflexionar (confío en que nadie tenga en verdad la mente en blanco). En cambio, la constante reflexión sobre distintos temas, por feliz que te pueda hacer, puede enmarañarte completamente la cabeza de problemas a los que no les encuentras solución. Así que, quizá, sea conveniente descansar de cuando en cuando de toda esta especulación.
Volviendo al principio, recordemos que la felicidad era tratada como algo supuestamente alcanzable. Por lo tanto, lectores ingenuos, volvamos a la realidad -y, esta vez, a la verdadera- y reconozcamos que, por muy cerca que veamos la felicidad, ésta siempre resultará un tanto escurridiza.
sábado, 26 de octubre de 2013
TODO TIENE SU PORQUÉ
No hay nadie en este mundo que no haya pasado por esa etapa de su vida (o que no la vaya a pasar) en la que, al preguntarle acerca de por qué hace ciertas acciones en su vida diaria, no haya respondido con un "no sé". Esos niños que están sentados... callados... tranquilos... que te miran con una sonrisa bondadosa... que simulan no planear nada... Sí, esos son los que "no saben nada". En la mayoría de los casos, eso del "no sé" llega hasta la adolescencia, pero, en la etapa adulta, todos esperamos haber madurado más que eso.
"Y ¿a qué viene todo esto?", os preguntaréis con ansia (y aunque así no sea, seguid leyendo. Por caridad, al menos). Pues bien, todo esto nos lleva a una de las preguntas más comunes en esta vida que, hasta que no te la formulan, obviabas su existencia: "¿y tú por qué estudias?".
La primera vez que se espera que una persona oiga esa pregunta es esa vez en la que, nada más comprenderla, levanta las manitas, se encoje de hombros, pone carita inocente y suelta un dulce "no sé". Volvemos a los niños que "no saben nada". Si bien, no todos contestan eso, hay algunos que se lo curran y contestan que los han traído sus madres. O padres. O quien sea que os llevara al colegio. Esta segunda opción, con el paso del tiempo, se transformará en el conocido "porque me obligan", que será utilizado por la mayoría hasta mediados de la educación secundaria (así, a ojo).
Supongo que la respuesta más acertada llega cuando ya se adquiere mayor grado de madurez y uno responde "para tener un trabajo". Quizá haya quien piense que estudia para tener una formación y cierta cultura, pero la gente prefiere seguir siempre el mismo patrón. Porque, sí, es verdad, cuanto más estudies, a mejor trabajo podrás optar y mejor vida podrás tener (se rumorea. Luego está el fenómeno del famoso, donde te encuentras a mucho burro suelto). Así que estamos de acuerdo en que la conclusión final de los estudiantes es que van a las clases (lo de estudiar ya parece opcional) para optar a un futuro mejor.
Busquemos más a fondo entre toda esta maraña de excusas: ya hemos conseguido saber por qué la gente (con suerte) estudia, pero ¿por qué deberíamos estudiar? He aquí mi conclusión: -tras haber sido obligados durante años- por mero deseo de tener conocimientos. Claro está que, por mucho que ésa sea la razón del estudio, siempre hay un tanto por ciento de las clases en las que la mente se disipa y comienza a enunciar cuestiones tales como "¿qué haré esta tarde?" o "¿qué habrá hoy de comer?" (porque, venga, no creo ser la única a la que le entra el hambre cuando el tedio gana). Pero, aunque no piense que el hecho de querer adquirir conocimientos sea la razón que empuje a la mayoría, sí pienso que debería ser una de las principales razones, nadie sabe cuántos temas fascinantes se estará perdiendo.
Así que ya sabéis, promoved la especulación (sana. Sálvame, no. Wikipedia).
martes, 22 de octubre de 2013
CATALUNYA ES TRASLLADA (que se muda, vamos)
El otro día vi un programa en el que se enfrentaban dos familias un tanto diferentes: una familia española, nacionalista y cristiana, y una familia catalana, independentista y homosexual (de primeras, todos vemos la guerra que se avecinaba por momentos). Pues bien, no diré estar en contra de la independencia catalana, supongo que ya son mayores para hacer lo que quieran. Es más, mirad a la pequeña Andorra, entre dos importantes países, tan pequeña y sin completa cabida en la Unión Europea... Pero ahí está, y ahí va a seguir. Y hablan catalán. Oye, y ¿quién nos dice que Cataluña no se separa para aliarse con Andorra? Bueno, cabe como posibilidad. Lo iremos debatiendo.
A lo que iba: no estoy en contra de la independencia; si se mantienen como Estado, pues mira qué bien. Lo que no es plausible es una guerra entre ambas partes (España y Cataluña), que ya bastantes problemas hay aquí como para buscarnos más; no admitiría confrontaciones por parte de Cataluña por creerse mejor y por eso irse, ni de España por creerse "lo más" y obligarlos a quedarse (lo cual fue lo que me transmitió el programa ya mencionado). Porque, presumir, ¿de qué? Hay crisis, hay paro, hay bajos salarios, hay huelgas, hay políticos -quizá me habría de abstener de decir "incompetentes"- incompetentes, etc. Pero, bueno, hay tortilla... y paella... No está mal. Aquí, el que presume, presume de lo que quiere.
Finalmente, concluiré decidiendo estar a favor de la independencia catalana (y luego ya ellos que se apañen), siempre y cuando no haya disputas que nos acarreen más dolor de cabeza, que ya bastante tenemos con lo que hay.
sábado, 8 de junio de 2013
MI CRÍTICA CONSTRUCTIVA Y YO
Siendo lo más franca que he intentado ser en todos mis artículos (los
que pronto ya acabarán. No lloréis, quizá el año que viene vuelva), diré que,
al ver la matrícula, pensé “oh, no, ética. Debe de ser una asignatura similar a
Educación a la Ciudadanía. Ya veremos qué nos deparará…” con gran pesadumbre.
En cambio, llegué a cuarto de la ESO. Y llegó el profesor de ética. En
un principio, el plan B que propuso me dio cierto temor. Por suerte, fue
guardado en el baúl de los recuerdos. Al contrario de todo lo que pude pensar,
la asignatura de ética ha sido de aquéllas que más amenas se me han hecho, por
no decir la que más, y todo gracias a la técnica que el profesor tiene de
enseñar.
En la mayoría de asignaturas, la mayor parte de los profesores explican
lo que ya te dicen en el libro, otros tantos empiezan a explicar y se van por
las ramas (por lo que una desconecta y sale de la clase sin haber sacado nada
en claro), y otros muchos explican por encima y se centran en ejercicios que
difícilmente se entienden sin la correcta explicación. En cambio, aquí, Don
Enrique P. Mesa García ha demostrado que una clase puede ser entretenida a la
vez que educativa, ya que los alumnos hemos sido siempre partícipes -con gusto- en sus clases. Cierto es que muchas de las cosas que ha explicado (tales
como los multiversos o los descubrimientos que ciertos navegantes hicieron)
desentonaban con el tema a tratar. De todas formas, gracias a esa forma de explicar,
muchas de las cosas que no tenían que ver y que yo desconocía me han despertado
interés.
Porque durante todo el curso ha sido terminar el viernes a última hora
(bonita forma de acabar la semana, sinceramente) e ir el camino a casa
comentando todas las cosas que se habían nombrado en clase, tales como el hecho
de no poder superar la velocidad de la luz. Y así te quedabas todo el fin de
semana pensando en cómo eran posibles cada una de las cosas que te habían
contado el viernes a última hora. Y, creedme, no he sido yo la única.
Esto de tener a los alumnos pensando una y otra vez en todos esos datos
curiosos no lo consigue cualquier profesor. Por lo tanto, mi crítica resulta
bastante positiva, ya que el temario está dado y de forma bastante fácil de
comprender, a la par que nos ha mostrado diversos mundos que desconocíamos. Le doy un 9.
Es usted un gran profesor.
martes, 23 de abril de 2013
FELICIDAD...
“[…] es saber que mis
sueños ya tienen dueño; […] es vivir el cariño como los niños, la felicidad”
¿Alguien sabe qué es
realmente la felicidad? No, mejor: ¿alguien se lo ha planteado alguna vez? No
sé si yo alguna vez lo hubiera intentado definir si no hubiera sido por este
trabajo, pero, bueno, habrá que intentarlo.
Sinceramente, no creo que
exista una felicidad predeterminada para todos, ya sabéis: “para gustos, los
colores”. Supongo que cada cual es feliz con distintas cosas, muchos dicen que
serían felices si les tocara la lotería… Muy poco materialistas, ellos. Sí, el
dinero ayuda, ¿no? Pero yo destacaría otros aspectos que me parecen más
esenciales que ganar x euros, los cuales son: familia, amigos, amor y el
conseguir las metas que uno se proponga en la vida (sobreentendiéndose la
necesidad de ciertos recursos, víveres, salud,… y demás cosas que me pareció
comprensible obviar).
Siguiendo estos cuatro
aspectos, no os voy a decir cuán feliz soy porque tampoco os interesa, sino que
intentaré argumentar por qué considero ésta mi felicidad verdadera.
Vale, pequeños
consumistas, imaginemos que os toca la lotería: “¡oh, sí! ¡Qué feliz soy, he
ganado muchos millones de euros, soy asquerosamente rico! Voy a comprarme un
coche, una moto, una casa, un perro, dos, tres, cuatro, un yate, un jet, un
campo de fútbol y -quizá me haya ido ya del presupuesto- la granja de Pin y
Pon”. Hasta aquí todos vosotros felices de la vida. Venga, sonreíd, que tenéis
un yate.
Tras esto, imaginad que
os encontráis solos, que no tenéis con quien compartir todo esto, y pensáis que
así mejor, que lo vuestro es sólo vuestro, y ya. Y aun pensando esto, la
soledad llega. De un momento a otro, añoraréis incluso al típico vecino molesto
que en cualquier residencia se puede hallar.
Ahora imaginad que tenéis
unos años más, que os habéis
independizado y tenéis casa propia, trabajo, hipoteca a largo plazo e ilusión.
Ahora imaginad que os han echado del trabajo, que la casa tiene desperfectos,
que la hipoteca os inunda y que, por tanto, la ilusión ha decidido marcharse
por donde ha venido. ¿Qué hacéis? ¿Créditos? ¿Queréis un crédito? No, no, el
banco no os va a ayudar. ¿Qué hacéis? ¿Qué haríais sin vuestra familia, sin
vuestros amigos, sin vuestro amor? Porque se supone que ellos estarán ahí para
los problemas que os surjan, para echaros una mano como buenos aspectos que
forman parte de vuestra felicidad.
Y, sí, quedan las metas
cumplidas. Pienso que una de vuestras metas debería ser trabajar en aquello que
os satisfaga, ¿no? Así que, si se cumple, ¡poof!, “lotería”. Quizá no tanto
dinero, pero mientras os haga felices…
Y bien, ahora, ¿existe
una felicidad falsa? Sí, probablemente. Aquí van mis ejemplos: la gente puede
ser muy mala, los “amigos” pueden serlo. ¿Y si fueras tras tus amigos una y
otra y otra y otra y otra y otra vez, creyendo que eres feliz con ellos,
mientras sólo te utilizan como a un pelele más? Ahí la felicidad es falsa,
porque te hacen daño, pero te da igual. Te da igual porque no te das cuenta. O
sí, o sí te das cuenta pero haces caso omiso al pensar que sin ellos estarás
peor… Craso error.
Segundo -y abundante-
ejemplo: las relaciones malsanas. Estar con alguien que no te hace bien, que se
aprovecha de ti, que se ríe de tu desgracia (de esa desgracia que esa persona
en sí ha provocado) y a quien tanto quieres es una relación malsana.
Totalmente. Y es que sólo te consideras feliz por estar con la persona a la que
realmente amas -o crees amar, claro que todo esto de cuándo se quiere/ama a
alguien o no es relativo-. Pero, no, no lo eres. Viviendo humillado no
considero posible el poder vivir feliz.
Y, finalmente, hablemos
de la felicidad perfecta… No hay. Fin. Sí, sí, no hay. El mundo está mal hecho,
no es perfecto, vamos, seguramente no lo sea. Nada es perfecto. Entonces, ¿por
qué la felicidad lo iba a ser? ILUSOS.
Hala, a intentar ser
felices. Suerte.
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